lunes, 5 de marzo de 2018

QUE VENGA EL LOBO YA

                                                          Museo Minero de Riotinto trenes del pasado siglo

* Antonia Marcelo
De verdad que esto sería de chiste si no fuera porque dan ganas de llorar. Ver ese tren TALGO, más apropiado para visitar en el Museo Minero de Riotinto, que de tren de pasajeros que necesitan con urgencia prosperar; a sus desentusiasmados viajeros volver al mismo tren de los años 80 que era la panacea y que ya podíamos dejar para la lírica << el tren retumbando por los jierros de la vía >> que escribiera nuestro antepasado Chamizo, hace casi noventa años, pues resulta deprimente.
Es tan poco la emoción que produce ahora, este tren de nuevo en Extremadura, que cuando hablamos de él, es para contar las experiencias de juventud a nuestros hijos al llevarlos de excursión, como si fueran a un parque temático.
Debió ser a mediados de los 80, mis hijos tendrían alrededor de 5 años, cuando decidimos visitar, un fin de semana de verano a los abuelos. El nuevo tren tenía aire acondicionado y sería un agradable viaje. Habían puesto un tren magnífico, un Talgo, y sería una experiencia para todos. La ida fue una fiesta propia de la edad y un acontecimiento para contar a los abuelos. El desastre vino a la vuelta. Un calor asfixiante inundó el tren, los viajeros buscábamos la forma de abrir las ventanas para que entrara un poco de aire, pero eran estancas e imposible abrir. Se había estropeado el aire acondicionado y naturalmente los niños, aparte de hacer el viaje desnudos para aliviar el calor, todos volvimos a Badajoz, después de pasar un martirio insoportable, con el convencimiento de que los experimentos se hacían con gaseosa. Con mi familia no más.
Estábamos a mediados de los 80, hace más de treinta años, y vuelven ahora, a bombo y platillo a traernos el mismo tren tuneado. En el siglo XXI. En la era de las comunicaciones. Esto no tiene nombre. No se rían más de nosotros, háganse respetar y cumplan con celeridad las promesas; no mientan más que puede que cualquier día se cumpla la fábula del cuento << El pastorcito mentiroso>> y el lobo venga de verdad.

sábado, 3 de marzo de 2018

MARRAKECH

                                                                 Plaza Jamaa el Fna


*Antonia Marcelo

MARRAKECH

Marrakech es una de las ciudades más importantes de Marruecos, con algo más de un millón y medio de habitantes, imprescindible visitar si quieres conocer la zona más turística del Magreb, ese “lugar por donde se pone el sol”.
Pasear por su Medina, regatear, tomar té, hacer compras compulsivas, dejar impresa en nuestra cámara todo cuanto los ojos pueden captar, resulta totalmente imprescindible. Marrakech tiene un cromatismo que se graba en tu memoria , has de dejarte llevar por el aire que llega de las montañas rojas que lo envuelven, cerrando los oídos a la amalgama de voces venidas de todos los lugares, de idiomas imperceptibles y dejarte llevar por su olor y su música. El bullicio del día, se transforma en algarabía, cuando se acentúa con las luces de la noche en sus calles y pasadizos, misteriosos secretos de sus gentes.
A pocos pasos de la mezquita Kutubia, se encuentra la plaza de Jamaa el Fna, de la que ya me quedé prendada en aquella antigua y famosa película de “El hombre que sabía demasiado” joya del cine de intriga, y con la idealización de ese lugar plasmada en blanco y negro en mi memoria, irrumpo en la plaza ante otras imágenes enmarañadas por una paleta de colores imaginarios en mi mente y presentes en sus habitantes.
He visitado esa plaza mezcla de culturas milenarias, donde se agita con brío lo antiguo con lo moderno, gastronomía, arte, música, costumbre de tan variados orígenes, que has de cerrar los ojos y retener a cada momento la luz y el misterio que envuelve todo. Desde las terrazas que dominan la plaza, el corazón late al ritmo de los tambores, las dulces notas de las chirimías te balancean, la insistente música del pungi que toca el encantador de serpiente que se contonea ante la mirada incrédula de la gente, el colorista aguador, los saltimbanqui, dentistas, tatuadoras, los puestos de comida... los contadores de cuentos rodeados de gente sentada en el suelo, el escribidor de cartas, que más bien parece un confesor que detallara los pecados de su interlocutor. Un teatro viviente que te deja con el deseo de volver y la tristeza de no poder olvidar. Marrankech te embriaga. Marraquech te cautiva.