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domingo, 22 de marzo de 2026

GRACIAS, GRACIAS

 


“Del hueso de una aceituna tengo que hacer un tintero, del tintero una pluma, de la pluma un palillero”

 

Escuchar esta canción infantil me ha reparado el alma. Porque volver a la niñez es conseguir la aguja y el hilo que cose todos los rotos que han transcurrido en la madurez. Igual que la canción que cantábamos en los corros de la puerta de la iglesia al atardecer, cuando las calles se han cansado de las siestas y los hombres y mujeres del pueblo sentados en sus hamacas se balancean y comentan con sus vecinos cómo está siendo la cosecha, cómo está el abuelo, cuándo se casaría la niña, cuándo lloverá o cuándo dejará de llover. Porque allí se escuchaban los grillos en las esquinas y las ranas del arroyo; sobre el cielo no circulaba otra cosa que no fueran aves volando, el ruido más alto era el martillo de la fragua, el crepitar del fuego en la chimenea, la máquina de coser cuando las chicas bordaban sus ajuares o el arriero sobre su carro cantando una canción de amor… y todo olía a limpio, las sábanas secando al sol, la tierra húmeda cuando llovía, el borboteo del puchero…
Por eso tengo que dar las gracias mil veces por haber llegado hasta aquí después de una orfandad total de más de veinte años, cuando la única referencia que tengo es la de la memoria y la herencia que me han dejado, tan grande que se traduce a una extensa familia y, como tronco de árbol que extiende sus ramas, quiero que lleven en sus brazos la herencia de mis recuerdos que también son los de sus antepasados.

 


                                                                 San Antonio 


Autor: Antonia Marcelo 

viernes, 14 de junio de 2024

LOS OJOS DE DIOS




                                                             Con tranquilidad. Recostada en el sillón de mi casa, veo en un documental el enfrentamiento que ocurre entre una gran serpiente y una rata. Ambos se miran y ninguno se atreve a atacar. ¿Quién habría ganado la batalla?

Qué absurdo. Imposible deducir. En una ocasión sentí la posibilidad de que en el salón donde me encontraba podía haber un roedor. Cosa natural en el campo. Muy decidida, comienzo a mover muebles y cortinas. Justo bajo el sofá, donde había pasado mi pequeña siesta, había una hermosa rata, paralizada frente a mi mirada, quieta y asustada. Sus redondos ojos no se movían. Estaban fijos en los míos. Eran vivos y dulces. Yo aterrorizada también. Paralizada sin atreverme a hacer la mínima exclamación. Ni siquiera una frase para preguntarle qué hacía allí tan quieta e inquietante, como habría ocurrido si encontraba un extraño dentro de mí casa. Su mirada me traspasaba. Yo sentía que ella podía estar también asustada como yo. Pero solo con sus ojos me retaba a ser la primera en actuar. No. Eso eran imaginaciones mías. Las dos estábamos indefensas. ¿Qué arma utilizaría ella? ¿Qué arma utilizaría yo? Las únicas que teníamos eran nuestros ojos.

No tuve más remedio que levantarme del suelo. Dejar el enfrentamiento absurdo que había comenzado y largarme de aquel lugar que el animal había conquistado solamente con su mirada.

¿Cómo serán los ojos de Dios?

¿Me conquistará también cuando nos encontremos en nuestro duelo final?

Antonia Marcelo

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

ME FALTABAN LOS BESOS

 




A un salto de decidir si entretener las últimas horas del día en ver una película que me alteraría el sueño -se anunciaba una intrigante suerte de huidos de una cárcel de Pretoria- o una reparadora lectura bien arrellanada entre las sábanas, decido por lo segundo, siempre pensando en que ello me llevaría hasta Morfeo en un abrir y cerrar de ojos.

Lleno el tiempo en un variado capricho de lectura saltando del relato a la poesía y viceversa, e incluso en el intermedio, alterno algún chat, tuit o correo que durante el día había olvidado enviar, esta maldición de las comunicaciones de las que no es posible desprenderse ni aún a las horas de descanso, y no es porque no me satisfaga una para saltar a la otra, es que los deseos de conocer más me llevan a eso, a atiborrarme de un menú demasiado extenso leyendo al mismo tiempo varios libros. Me ocurre algo parecido a cuando tenemos hambre y todo lo que hay en la mesa nos parece poco. Puestos luego a comer nos acabamos saciando con la vista.

Todo esto me lleva al dilema de nunca saber el camino que tomar a la hora de dormir. Dice mi profesor de mildfuness que en esos momentos no hay que pensar nada para poder conciliar el sueño, pues difícil me lo pones, cuando a esa hora por mi mente desfilan tantos personajes como para escribir un fabuloso cuento.

Ya dispuesta a dormir, apagada la luz, acomodada entre las sábanas, cruzada una pierna sobre la otra, una mano bajo la almohada y la otra sosteniéndome la mejilla izquierda, es cuando veo aparecer al flautista de Hamelín con toda suerte de animales; para huir de esa columna andante que me persigue, escondo la cabeza bajo la almohada, donde al dar mi rostro con el bordado de las sábanas me encuentro frente a frente con Eduardo Rosales, pintando a la Reina Católica en su lecho de muerte, mientras dicta testamento a sus notarios, todos ellos con sus rostros lánguidos rodeados de puntillas, miriñaques y negras calzas. Vestida con el ropaje de tan ilustres personajes, me traslado de inmediato en un lujoso navío a la Serenísima Venecia donde hace su aparición la Emperatriz Sissi con el guapo Francisco José. Ante tan romántico espectáculo, aterrizo espada en mano, en las murallas de Trujillo donde tropezaré con el disfrazado Tulipán negro quedando poseída por los fascinantes ojos de Alain Delón.

Y este será un hermoso final del día cuando el apuesto galán retire la espada de mi mano, mientras yo no pierdo la mirada de sus ojos y él deposita dos delicados besos sobre mi rostro, deseándome buenas noches.

Antonia Marcelo

25-10-2020

 


viernes, 26 de junio de 2020

PONIENTE



Dirijo mis pasos hacia un poniente con agitadas aguas, espuma blanca y un céfiro que me acaricia frenando los pasos para indicarme que, antes de volver es necesario parar y contemplarlo. Ha perdido el color el horizonte y entre sus gotas brumosas, aparece al fondo el pueblo confundido con el puerto que ya duerme en la neblina de su lecho. Hace rato que se ocultó el sol que había dorado la olas y teñido el mar de plata.

Me siento sobre la arena y un leve escalofrío mueve mis sentimientos. Procuro alejarlos y sepultar en el fondo del mar, rendirme al presente que oscila sobre una barca imaginaria y un marino errante que nunca llega. Todo él está vacío, sólo la barca vibrante me envía olor a madera húmeda con el ligero sabor rancio del pescado que otro día brincaba con sus últimos estertores, el repicar de la campana que anuncia la llegada al puerto y una estela de espuma que se desvanece a lo lejos.
Bajo un mar cada día nuevo, ya confundido con el cielo, una fuerza me clava a este lugar con el arpón de un Eolo ciego, del que escapo siempre a mi destino, a la vez que triste, con renovado anhelo.  
Antonia Marcelo 26/06/2020

lunes, 22 de junio de 2020

IMÁGENES



                                 Edificio metálico hoy en el Campus Universitario

Con todo el cariño acumulado en los recuerdos de mi infancia, vuelvo a recorrer las antiguas calles de mi ciudad camino del mercado. Acompaño a mi hermana mayor que me había acogido en su casa para que estudiara. Recuerdo los pasos rápidos hacia el mercado de la Plaza Alta, el olor a manzanas maduras mezclado con los de las carnicerías y todo tipo de artículo comestible que se vendía en aquél original edificio metálico. La algarabía infantil agarrada a las faldas de su madre y las voces de los vendedores que pregonaban sus productos recién traídos de los pueblos colindantes. Una postal rancia de los años setenta, que por arte de la superación de sus gentes hoy ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos.
De aquella plaza, por arte de magia, había desaparecido todo vestigio de su arquitectura original tapado por el edificio metálico, que se mantuvo regio en medio de la plaza durante setenta años, anulando las casas consistoriales, los arcos mudéjares, las casas coloradas o la plaza San José.
Todo aquello en los días cálidos se me presenta en blanco y negro, detenido en el tiempo como el sol en la cima de una montaña, lejana, luminosa, cálida y placentera, guardando el equilibrio a la espera de volver a vivir la algarada de aquellos día de alegre visita al mercado.
Antonia Marcelo 22-06-2020

miércoles, 10 de junio de 2020

GRACIAS




Se suaviza el confinamiento  durante el cual he aprendido sobre todo a valorar el tiempo vivido, repasarlo al caer la noche, con lentitud, para ponerle puntos y guardar en el cajón de la vida aquellos momentos que más plácidos me han sido. Sacar el agua del cántaro, mirar el brillo interior y el olor mezcla de agua y barro, con ello comprobar al fin que la carga se ha vuelto ligera.
En este trayecto hacia un futuro incierto, como es el día a día, he prescindido de todo aquello que no me proporcione el tiempo ni la calidez de lo que me rodea. Con él puedo paladear todos los sabores, incluso los recuerdos, pues para ello sólo necesito cerrar los ojos y pensar cómo olía la calle recorrida, la comida en el paladar y el tacto de la ropa al abrazar un ser querido.
Sin embargo, debo aprender urgentemente a cerrar mis oídos a todo aquello que horada los sentimientos, nubla el conocimiento y vacía de actitud grata el regalo que es cuanto bueno me acontece. Ver que todos los puntos confluyen en un nuevo amanecer.

Antonia Marcelo 10-06-2020

domingo, 7 de junio de 2020

RENACER MARIPOSA







Me ha despertado esta noche una bandada de pájaros que discutían azarosamente saltando de rama en rama, el fuerte viento ha debido caer el nido y el polluelo que encontramos ayer muerto en el suelo, también ellos saben de desamor y añoranzas.
Cruzo la acera con el paso lento que me acompaña. Es temprano y la brisa del río mueve las hojas de los árboles, infiriendo en ellos una sombra tenebrosa. La luna nueva se ha ocultado entre las nubes de este junio que ha llegado sin poder remediarlo. Saltan los peces del río provocadores formando ondas interminables en el agua, mientras los patos de mil brillantes colores se abalanzan sobre ellos, para de un trago engullirlos en el proceso natural de pervivencia.
Si alguna vez, este cuerpo que me habita se convierte en mariposa, me iré a vivir en el ático donde liban las mariposas. El viento me cubrirá de caricias, el vaivén de las hojas mecerá mis siestas, y en las noches veré pasar entre las ramas de los árboles la luna nueva.
Antonia Marcelo 07-06-20