Avenida de Huelva
Vivo en un barrio de
Badajoz muy dinámico ocupado mayormente por niños, padres y abuelos. Los niños
a la vuelta del colegio invaden el parque
conocido por el “trenecito”,
gritan, corren y, entre balonazo va y balonazo viene, algunos balones terminan
en las cristaleras de los locales comerciales o la terraza del bar donde los
padres charlan después del trabajo, que amablemente les devuelven a la
chiquillería que agradece el gesto.
Desde mi visión de abuela
observadora, a menudo surgen episodios dignos de ser tratados como estudio
social, cambios generacionales. Ahora los chicos del instituto, a la hora del
recreo, en el parque, toman productos de bollería o fritos del chino de la
esquina, mientras ensayan las artes de ligar con sus compañeros. Nosotros llevábamos el bocadillo hecho de
casa, aunque a veces la clase se impregnara de olor a chorizo de matanza.
Arco del Peso y Plaza San José
Las abuelas tenemos
nuestro propio registro de actividades. Las hay que vigilan a los nietos, leen
sentadas en un banco, toman refrescos en la cafetería o aprovechan para la
compra en las tiendas aledañas, donde
cada vez lo tenemos más complicado, pues tienes que tener un móvil con
una app para que te hagan el tan deseado descuento de las ofertas. Si se te
olvida, cosa normal de la edad, tienes que dejar la compra e ir a por el teléfono
para que te descuente 0,80 € de la bolsa
de naranjas. En la panadería han traído una caja registradora que acepta toda
clase de monedas, por lo que aquellos centimillos que tenías en un tazón, los utilizas
para pagar el pan y resulta que la caja se atasca y la panadera te pide que
pongas un billete para que se desembarace la registradora de tanta calderilla.
Tú, que te prestas rápida a colaborar, sacas un billete de diez euros y lo
entras justo en la ranura donde no es. Ya están atascadas las monedas y los
billetes. Es que en este barrio hay mucha vida.
Antonia Marcelo Badajoz
Publicado en el periódico HOY el 19-05-2026
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