
Corríamos
calle abajo, tropezando con las piedras por calles apenas iluminadas por la luz
de la luna. Huíamos de los niños
que nos querían colgar a la espalda un muñeco de papel recortado, para después
burlarse llamándonos a coro. ¡Inocente, inocente! Y sí que lo éramos, porque en
nuestra infantil mentalidad tan solo veíamos que nos habían vencido, cuando a
tan corta edad, tan siquiera sabíamos el significado de aquella palabra a la
que atribuíamos significados incluso obscenos. Lo único que podíamos hacer a
continuación era refugiarnos en casa llorando, para contarles a nuestros
padres que aquellos niños se estaban burlando de nosotras. Esto ocurría el 28 de diciembre día de los Santos Inocentes, hasta que
llegamos a la edad adulta, cuando descubrimos que somos y seremos inocentes
tengamos la edad que tengamos, porque siguen siendo los mismos niños
disfrazados de locos quienes a diario nos persiguen con noticias,
falsedades y absurdas promesas, que con tesón mediante todos los medios a su
alcance, que son infinitos, y que por mucho que queramos huir de ellos nos
atosiga, machaquea y atormenta, para adormecer nuestro inocente cerebro y
terminar aceptando, a sabiendas que no es verdad, y que por mucho que nos lo
repitan no se cumplirán, porque a pesar de la burla y los lloros, nunca
encontraremos tras la puerta del hogar aquellos cariñosos padres que nos digan
“no te preocupes cariño, tú no eres inocente, es que los niños locos son
malos”.
Publicado 18-12-2026 en periódico HOY
Antonia Marcelo Badajoz