“Del hueso de una aceituna tengo que
hacer un tintero, del tintero una pluma, de la pluma un palillero”

Escuchar
esta canción infantil me ha reparado el alma. Porque volver a la niñez es
conseguir la aguja y el hilo que cose todos los rotos que han transcurrido en
la madurez. Igual que la canción que cantábamos en los corros de la puerta de
la iglesia al atardecer, cuando las calles se han cansado de las siestas y los
hombres y mujeres del pueblo sentados en sus hamacas se balancean y comentan
con sus vecinos cómo está siendo la cosecha, cómo está el abuelo, cuándo se
casaría la niña, cuándo lloverá o cuándo dejará de llover. Porque allí se
escuchaban los grillos en las esquinas y las ranas del arroyo; sobre el cielo
no circulaba otra cosa que no fueran aves volando, el ruido más alto era el
martillo de la fragua, el crepitar del fuego en la chimenea, la máquina de
coser cuando las chicas bordaban sus ajuares o el arriero sobre su carro
cantando una canción de amor… y todo olía a limpio, las sábanas secando al sol,
la tierra húmeda cuando llovía, el borboteo del puchero…Por eso
tengo que dar las gracias mil veces por haber llegado hasta aquí después de una
orfandad total de más de veinte años, cuando la única referencia que tengo es
la de la memoria y la herencia que me han dejado, tan grande que se traduce a
una extensa familia y, como tronco de árbol que extiende sus ramas, quiero que
lleven en sus brazos la herencia de mis recuerdos que también son los de sus
antepasados.
San Antonio
Autor: Antonia Marcelo