Corríamos calle abajo, tropezando con las piedras por calles apenas iluminadas por la luz de la luna. Huíamos de los niños que nos querían colgar a la espalda un muñeco de papel recortado, para después burlarse llamándonos a coro. ¡Inocente, inocente! Y sí que lo éramos, porque en nuestra infantil mentalidad tan solo veíamos que nos habían vencido, cuando a tan corta edad, tan siquiera sabíamos el significado de aquella palabra a la que atribuíamos significados incluso obscenos. Lo único que podíamos hacer a continuación era refugiarnos en casa llorando, para contarles a nuestros padres que aquellos niños se estaban burlando de nosotras. Esto ocurría el 28 de diciembre día de los Santos Inocentes, hasta que llegamos a la edad adulta, cuando descubrimos que somos y seremos inocentes tengamos la edad que tengamos, porque siguen siendo los mismos niños disfrazados de locos quienes a diario nos persiguen con noticias, falsedades y absurdas promesas, que con tesón mediante todos los medios a su alcance, que son infinitos, y que por mucho que queramos huir de ellos nos atosiga, machaquea y atormenta, para adormecer nuestro inocente cerebro y terminar aceptando, a sabiendas que no es verdad, y que por mucho que nos lo repitan no se cumplirán, porque a pesar de la burla y los lloros, nunca encontraremos tras la puerta del hogar aquellos cariñosos padres que nos digan “no te preocupes cariño, tú no eres inocente, es que los niños locos son malos”.
